La caída del gigante y las dos caras del escándalo

Hace dos semanas eran un gigante y su propietario, una leyenda. Hoy son pasto del escándalo y el escarnio. Hace dos semanas, un tímido político se intentaba hacer un hueco y superar las críticas. Hoy recibe el apelativo de “líder”.

Inglaterra está inmersa en un vodevil rocambolesco, en una trama retorcida de alianzas, chantajes, corrupción y vilezas. Pero que nadie se espere tintes novelescos ni tragedias al más puro estilo de Shakespeare. Todo el escándalo de escuchas ilegales tiene más rezumo de “soap opera” barata que de un buen relato detectivesco. Al fin y al cabo, lo que ha caído en desgracia (y ha desaparecido) ha sido uno de los tabloides británicos más aborrecibles de la historia: un periódico, el “News of the World”, que de periodismo (entendiendo por periodismo una profesión con rigor y objetividad) tenía más bien poco y en donde airear los más nimios detalles de la vida íntima de las personas era elevado a categoría de información si con eso se conseguía vender más ejemplares.

Inglaterra se ha desecho de un tabloide infame. Y esto hubiese sido en sí una excelente noticia si no hubiese sido por el hecho que el detonante de su caída ha sido una deplorable e ilegal estrategia de escuchas a personas anónimas (y no tan anónimas). La consternación por las malas artes, la corrupción y la mala fe está más que justificada. La indignación, la repulsa y el fastidio por comprobar cómo han (supuestamente) podido actuar con tanta impunidad durante tanto tiempo, también.

Ha caído la reputación de un gigante llamado News Corporation y caído también el prestigio de su dueño, el magnate Rupert Everet. Pero que nadie se espere que en este culebrón los villanos sean castigados severamente. No, el escándalo de escuchas ilegales del diario “News of the World” no ha erosionado excesivamente los suculentos beneficios del imperio mediático. Los periódicos sólo representan hoy el 13% de los beneficios totales de News Corporation, muy por detrás del 30% que representaban antaño. Y, además, siguen teniendo a “The Sun” y durante los últimos años han expandido sus tentáculos en América (adquiriendo, por ejemplo, el reverenciado “Wall Street Journal” en el 2007).

No, el patrimonio de Murdoch no está en la encrucijada. Lo que realmente está en entredicho es algo más fundamental: la propia ética de los medios de comunicación y, de soslayo, su independencia del poder político.

Porque, no lo olvidemos, no estamos delante tan sólo de un escándalo puramente empresarial. También hay una crisis política abierta que ha salpicado al mismísimo Primer Ministro, David Cameron. Y también hay una oportunidad de oro para que un joven y tímido político, como es Ed Miliband, líder del Partido Laborista, consiga una plataforma inmejorable para mejorar y proyectar su imagen.

Vayamos, realmente, al fondo del asunto.

Y el fondo del asunto es hasta qué punto podemos seguir tolerando que las fronteras entre la objetividad y la parcialidad sean cada vez más borrosas. Y hasta qué punto la relación entre políticos (no la política: los políticos) y los medios sean tan dependiente y poco transparente.

David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido, se ha visto forzado a dar su propia versión de estas cuestiones. Cameron, hay que reconocerlo, campeó bien la primera embestida de la crisis. En cuanto le echaron en cara sus contactos frecuentes (y hasta la amistad personal) con algunos destacados ejecutivos de News International Corporation, respondió con una candidez genuina que le valió cierta dispensa en la opinión pública. “Todos buscamos la complicidad de los periodistas para seguir a flote” vino a reconocer. Lo que significa: es cierto, no es ético, pero todos lo hacemos, como ya debéis haber deducido.

Y, es cierto, Sr. Cameron, todos lo han hecho. Todos los políticos (laboristas incluidos) habían cortejado sin ningún disimulo al magnate Rupert Murdoch. El mismo Tony Blair reconoció en sus memorias sentir un gran respeto por él y se dice que incluso Gordon Brown diseñaba su política fiscal para agradar a su imperio mediático.

Esto no exime a Cameron (ni a los demás) de responsabilidad. Todo lo más les sirve de artificio para tratar de moldear su imagen ante el público. Y lo triste es que parece funcionar.

Cameron superó el primer asalto, pero pronto tuvo que hacer frente a una controversia aún mayor: ¿por qué había empleado a Andy Coulson, antiguo director del “News of the World”, como su Jefe de Comunicación entre el 2007 y enero de este año? El 8 de julio Coulson fue detenido por el escándalo de las escuchas ilegales y por presunta corrupción.

Hasta la fecha, Cameron no ha encontrado una respuesta convincente. ¿Quizás porque no la tiene?

Ed Miliband, líder del Partido Laborista, no ha planteado preguntas en el debate de su país, sino que ha sugerido respuestas. Para él, el escándalo de “News of the World” le ha servido para granjearse una pátina de liderazgo de la que parecía carecer hasta hace tan sólo dos semanas. De todas las crisis surgen héroes y Miliban ha sabido entender la frustración de sus conciudadanos y ofrecer un discursos de puro estadista. Lo ha hecho tan bien que incluso el propio Rupert Murdoch parece haberlo reconocido (en privado, claro está).

Durante meses algunos de sus detractores le habían achacado no salir a la palestra con temas candentes que realmente reforzaran el protagonismo de los laboristas. Y los medios de comunicación llevaban meses criticando sus dotes de oratoria, recalcando que parecía un “robot” inexpresivo incapaz de dar respuestas coherentes.

Ahora no sólo ha hallado un tema –ha encontrado un filón. El escándalo le ha servido que es un hombre de acción. Se apresuró a pedir la dimisión de Rebekah Brooks, directora del diario (hoy precisamente Brooks ha dimitido), exigió un juicio público y pidió que la International News Corporation retirara su propuesta de adquisición del canal de televisión BSkyB. Ha aparecido en público hasta la saciedad y concedió una entrevista a la BBC el 10 de julio donde desplegó todas sus dotes de persuasión.

Hoy todos los medios le tildan de “líder”. Quizás su actuación ha recordado a muchos que puede que la discusión sobre cuestiones de fondo no esté zanjada (ni lo esté nunca), pero que siguen exisitiendo personas que pueden alzar la voz en momentos en que más los necesitan.

Más que palabras escritas, Inglaterra ahora necesita voces fuertes.

Y Miliband se las está dando.

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