Obama “in extremis”: del desastre a la catástrofe


Imagínese que tiene que pagar algo. Para permitírselo, dispone de su sueldo o de sus ahorros y, si éstos no le llegan, siempre puede recurrir a la tarjeta de crédito o pedir un préstamo. Bien, imagínese ahora que es usted Estados Unidos de América y lo que tiene que pagar es la sanidad de sus ciudadanos, su educación, su seguridad, entre otras muchas cosas. Imagínese que sus ingresos (lo que recibe por los impuestos, básicamente) no le llega y que encima no tiene ahorros, sino que acumula un gran déficit. Estados Unidos, frente a estas circunstancias, también recurre a la “tarjeta de crédito”. Pero el tope (el techo) que le permite la “tarjeta” es de 14,3 trillones de dólares. Bien, este martes día 2 de agosto, Estados Unidos ya habrá empleado estos 14,3 trillones de dólares y, por tanto, no tendrá dinero. El país puede estar a punto de entrar en bancarrota.

Para evitar el desastre, el Presidente Obama lleva meses intentando sellar un acuerdo que le permita ampliar el “techo” de la tarjeta de crédito. Este “techo” es aprobado por el Congreso y luego ratificado en el Senado y, por tanto, el Presidente necesita pactar con las Republicanos y, sobre todo, con los miembros del “Tea Party”, esa facción republicana ultraconservadora que domina el Congreso y que, por cierto, ha boicoteado sistemáticamente cualquier acuerdo, propuesta o iniciativa que se aleje un ápice de su recalcitrante ideología.

Durante meses hemos asistido a una batalla vil, sucia, sangrienta, con mucho rifirrafe de críticas y poco interés, al parecer, en solucionar el problema de fondo. Tan solo ayer por la noche, in extremis, se logró la primera tentativa de acuerdo entre la Casa Blanca, el líder republicano del Congreso (John Boehmer) y el líder demócrata del Congreso, Reid.

Dicha tentativa de acuerdo propone incrementar el techo de deuda en 2,4 trillones de dólares (en dos fases) a cambio de que se reduzca drásticamente el nivel de gastos en 2,4 trillones de dólares en los próximos diez años y no se suban ni un solo dólar los impuestos. Es decir, habrá recortes draconianos en educación, en sanidad, en ayudas a niños con discapacidad y a ancianos que viven en la pobreza, en seguridad, en infraestructuras, en medidas para favorecer el medio ambiente…Pero, y subrayo este pero, no habrá ninguna subida de impuestos. Que los multimillonarios se queden tranquilos: nadie tocará sus suntuosos yates ni pondrá en peligro sus lujosas mansiones. El “Tea Party” está ahí para protegerlos.

Las bases están asentadas, pero ahora llega la segunda fase: tanto Boehmer como Reid tendrán que convencer a los suyos en el Congreso para que aprueben este plan. Tarea nada sencilla, dada cuenta que los miembros del Tea Party consideran que el plan no es suficientemente ambicioso en los recortes sociales y entre los demócratas ha cundido la sensación que el acuerdo ha sido una auténtica traición a sus principios (recortes escandalosos sin que se suban los impuestos a los más pudientes).

El acuerdo no gusta a nadie, ni siquiera al Presidente, pero era necesario. “¿Este es el acuerdo que hubiese preferido? No”, reconocía Obama, “[pero] evitará el fracaso y pondrá fin a la crisis que Washington impuso en América”.  Nadie parece creérselo.

Paul Krugman, una de las voces socialdemócratas más reverenciadas de Estados Unidos, reconoce sin paliativos que el acuerdo “dañará la ya deprimida economía, empeorará  y no mejorará el problema de la deuda a largo plazo y, lo más importante: habiendo demostrado que la extorsión funciona y no implica coste político alguno, [el acuerdo] conducirá a América al estatus de República Bananera”. “Es una completa capitulación hacia las demandas de los miembros más extremistas de los Republicanos”, reconocía el New York Times en su editorial. Incluso el “Centre on Budget and Policy Priorities”, una respetada institución bipartidista, ha ido más allá al reconocer que “puede producir el mayor incremento de pobreza provocado por una ley en la historia del país”.

Tienen toda la razón:

  1. El acuerdo no beneficiará a la ya (muy castigada) economía americana. La economía tan sólo ha crecido un 0,8% en la primera mitad del año. Hay 25 millones de americanos que no consiguieron encontrar trabajo a tiempo completo el año pasado. Las inversiones públicas ya se habían tenido que reducir. Estados Unidos está en la encrucijada y, según Krugman, lo seguirá estando “hasta el 2013, sino más tarde”. Los recortes drásticos en servicios sociales que recoge el acuerdo no aportarán más confianza a los mercados y a los norteamericanos y les hará consumir más, como defienden los republicanos. Cortar las ayudas públicas, según Krugman, es “como los médicos de la Edad Media, que trataban a los enfermos haciéndoles sangrar, lo que les debilitaba aún más”.
  2. El acuerdo lo único que pone de manifiesto es el poder del “Tea Party”. Han sido los ganadores, si es que hay alguien que pueda reclamar la victoria en un acuerdo como éste. El Tea Party se presentó a las elecciones legislativas del pasado enero (donde arrasó) defendiendo la idea de que “Washington is broken”. Es decir: el “establishment” no sabe (supuestamente) dar respuesta a las verdaderas necesidades de los americanos. Había que recortar el gobierno, impedir cualquier subida de impuestos y evitar a toda costa que la educación y la sanidad reciban más dinero. Incluso, rompiendo la tradición republicana, están más que dispuestos a cortar el grifo al Pentágono. Ahora, desde la poltrona de Washington, no sólo están imponiendo a rajatabla su ideario, sino que encima han desterrado del vocabulario político las palabras “pacto”, “consenso”, “acuerdo” y “responsabilidad con el país”.En esta crisis es donde quizás se ha hecho más evidente su increíble poder, hasta el punto de que algunos comentaristas ya hablan de sistema tripartidista (Partido Demócrata, Republicano y el “Tea Party”).
  3.  La derrota de Obama. Ha sido curioso: en Europa muchos de los periódicos hoy explicaban la tentativa de acuerdo como un éxito para Obama (al fin y al cabo ha conseguido ampliar el techo de deuda, que es lo que él quería) y, sin embargo, incluso los periódicos progresistas de Estados Unidos lo han visto como un gran fracaso para su administración. No son pocos los que se preguntan porqué el Presidente está permitiendo que los del “Tea Party” mantengan su chantaje permanente al gobierno. Obama se ha tenido que rendir, una vez más. Se rindió en diciembre al aceptar extender el plan de recortes de impuestos que había implantado Bush. Su rindió de nuevo en abril, cuando al presentar los presupuestos, aceptó recortes inaceptables por parte de los republicanos que le amenazaban con “cerrar el grifo” al gobierno. Y ahora se ha vuelto a rendir en la crisis de la deuda. ¿Se rendirá, también, en las próximas elecciones presidenciales?
  1. Una carrera de fondo. Que los republicanos hayan dominado el debate es quizás lo que más saque de quicio. Porque han diseñado un discurso que no se acerca, ni por asomo, a la realidad. Para empezar, han echado la culpa de todos los males de la deuda al Presidente, cuando no hay que ser ningún destacado analista para saber que el origen de esta crisis la tuvo la tuvo la anterior Administración.

En 1999 Bill Clinton presentó, por primera vez en décadas, un presupuesto “balanced”, es decir: los ingresos igualaban a los gastos y no se tendría que incrementar la deuda de los Estados Unidos. La alegría fue tal que entre los comentaristas cundió cierta euforia desaforada y se llegó a vaticinar que, a partir de ese momento, los ingresos podrían incluso ser mayores que los gastos y que, por lo tanto, la deuda pública se eliminaría completamente en el 2009.

Como todos sabemos, no ha sido así. Según publica hoy Paul Begala en Newsweek, el Presidente Bush fue quien desmontó el sueño. Desde los tiempos de Eisenhower, los Republicanos no tenían el poder total del gobierno (la Casa Blanca, el Congreso y el Senado) y esa acaparadora mayoría sirvió para cuatro cosas, según Begala: 1) bajar impuestos, sobre todo a los más ricos, 2) asumir presupuestariamente dos guerras, 3) aprobar una ampliación en el acceso a los medicamentos que no contemplaba ninguna fuente de ingresos para financiarla, y 4) desregular Wall Street.

La crisis estaba servida, aunque los Republicanos se olvidaron de las repercusiones que tendría para sus principales comensales el pueblo norteamericano.

Hoy los republicanos han conseguido que los beneficios sociales se reduzcan drásticamente, lo que agudizará aún más la crisis y evitará el crecimiento económico.

Puede que, aunque se haya disipado una crisis este martes, estemos en una catástrofe a partir del miércoles.

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