Telegenia y mucho más: estrategias para ganar un debate político (Parte I)

En España, a diferencia de otros países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, no existe una larga tradición de debates políticos, lo que no quiere decir que no hayamos presenciado debates sumamente interesantes (el primero de González y Aznar se debería estudiar en todas las universidades a mi juicio). Ahora bien, el próximo debate al que asistiremos, el 7 de noviembre entre Rubalcaba y Rajoy, se aventura tedioso y, a pesar de los esfuerzos de sus respectivos equipos de campaña, sumamente encorsetado. La palabra-resumen: previsible. A estas alturas, o los asesores de Rubalcaba se apresuran a sacar un conejo de la chistera, o todo lo más que espero es una consecución de monólogos en donde el candidato socialista intentará convencer a los votantes indecisos de que tiene soluciones contra la crisis y para crear empleo y Rajoy, en su turno, se limitará a abusar de la ya trasnochada frase: “¿Por qué no aplicó usted estas medidas mientras estaba en el Gobierno?” Luego Rubalcaba intentará atacar con aquello de “usted no tiene programa ni iniciativas” y Rajoy le vendrá a decir que “de acuerdo pero, en todo caso, sus propuestas no funcionan”. Y así pasaremos los minutos hasta que el moderador dé las buenas noches, los espectadores se vayan a dormir y al día siguiente la intención de voto no se haya movido un ápice.

Todo muy previsible. De hecho, bastante aburrido.

¿O no? ¿Y si realmente asistimos a un auténtico debate? ¿Y si, contra todo pronóstico, nos encontramos con una auténtica demostración de liderazgo, de confrontación de proyectos, de oratoria, de coraje político?

Vale, quizás esté exagerando un poco (de hecho, estoy exagerando mucho), pero intentemos hacer el esfuerzo de pensar en cómo debería ser de verdad la gran cita televisiva que nos espera el 7 de noviembre.

Para empezar no debería haber un solo debate, sino varios. Y con formatos distintos (me encantan las fórmulas “townhall” que emplean en Estados Unidos).

Además, los debates no se deberían circunscribir a sólo dos candidatos, por eso de que en estas elecciones se presentan más partidos y también ellos deberían estar presentes. Y, no, no creo que tener a más personas en el plató dificulte la retransmisión o la haga (aún) más tediosa, como se ha dicho en algún medio de comunicación. De hecho creo que le aportaría dinamismo, por no decir legitimidad democrática. Los candidatos de CiU, del PNV y de IU, como mínimo, deberían poder participar.

Habría que tener en cuenta, además, todos los siguientes elementos:

1. Puesta en escena: a mí me encantan los debates estadounidenses, entre otras muchas cosas, porque suele haber público y éste aplaude, ríe, resopla o incluso abuchea, con lo que se genera cierto “ambiente” (en catalán lo llamaríamos “caliu”) y se permite así una mayor interacción entre los candidatos y las personas. Por no decir que siempre hay uno o dos famosos en las primeras filas y los realizadores se apresuran a ofrecernos primeros planos de éstos a la mínima ocasión (al más puro estilo “ceremonia de los Óscars”), con lo que te entretienes un rato si no te acabas de enganchar a lo que dicen los políticos y, además, te aseguras ciertos niveles de audiencia.

Aquí no hay público (echo mucho de menos el formato “Tengo una pregunta para usted”), todo lo más una especie de “zona de exclusión” completamente a oscuras donde los pobres técnicos de cámara se apresuran a seguir el guión milimetrado que se ha coreografiado para el evento. Ni un plano corto de más, ni uno de menos.

Tampoco hay tanta consciencia sobre los atriles, la altura de las sillas, la iluminación y todo el resto de “atrezzo”. Me acuerdo que en los debates que protagonizaron Bush y Al Gore en el 2000 se negociaron hasta los bolígrafos que llevarían cada uno de ellos y el tamaño de la libretita de la que dispondrían para tomar notas (pequeña, muy pequeña).

Aquí, por el contrario, Zapatero se presentó en plató en el 2008 con un carpesano lleno de notas y gráficos y no tuvo ningún inconveniente en mostrar estadísticas a cámara (con tan poca vista que el papel era demasiado blanco, con lo que brillaba bajo los focos y no se veía nada en televisión). En fin, espero que los equipos de campaña ahora estén tomando buena nota de que esto no hay que hacerlo y no ocupen la mesa de debate con apuntes, informes y bibliografía de apoyo que tan sólo obstaculizan el trabajo de las cámaras.  Sigan el modelo estadounidense: una libretita para tomar notas (sin espiral, no sea que alguien se corte) y un boli (Pilot negro a poder ser). Todos los datos y argumentos hay que sabérselos de memoria. Insisto: de memoria. Aquí no valen Power Points.

 2. Marcar terreno desde el principio. Parecerá una tontería, pero los primeros segundos de un debate son cruciales. Y no me refiero tan sólo a cuando empieza el debate propiamente dicho, sino a mucho antes, incluso cuando los contendientes se bajan del coche y saludan a la comitiva de recibimiento. De hecho, Kennedy, por ejemplo, aprovechó esos primeros segundos para dar una imagen de juventud y confianza en sí mismo de la que Nixon carecía totalmente delante de las cámaras. Y aquello intimidó al candidato republicano. “Aquel día, Kennedy parecía estar más en forma que nunca”, reconocería Nixon años después en sus memorias.

Lo importante aquí es marcar terreno con la apariencia y, en este punto, espero que Rajoy haya aprendido algo con los años y no vuelva a aparecer con aquel horrible traje tres tallas más pequeño que fue enseguida pasto de burlas. Es cierto que los trajes entallados quedan mejor en televisión: te hacen más esbelto, te obligan a estar más recto (con lo que evitas moverte y volver loco al técnico de cámara) y, en general, hacen que tengas una postura más presidencial. Pero esto se puede conseguir con una chaqueta con un buen corte (y estar siempre abrochada). No hace falta encoger la ropa.

Por cierto, el color del traje importa y mucho. Y el color de la corbata, también. Rubalcaba se decanta a veces por corbatas color naranja a rayas (como en su puesta de largo como candidato del PSOE en el Palacio de Congresos de Madrid) que no le favorecen en exceso. Las corbatas lisas y con colores neutros son una apuesta segura. En esto, por favor, no innoven. La combinación de traje azul oscuro o gris marengo (que no negro), camisa azul cielo y corbata roja la puso de moda Kennedy y desde entonces es un modelo a imitar. Hay más, por supuesto. Pero si no son muy duchos en esto de la combinación de colores, sigan la tradición.

 3. Sonrisa permanente. El Presidente Carter tenía un problema con su sonrisa: era tan amplia, tan profusa, que más que hacerle parecer un tipo agradable, el gesto parecía impostado e incluso altivo. Por eso uno de sus asesores de imagen le tuvo haciendo ejercicios para moldearle la comisura de los labios. Al Gore tenía el problema contrario: sus gestos eran tan mecánicos que algún periodista le apodó “el robot” e incluso hubo quien fue más lejos y llegó a decir que “el entonces Vicepresidente tan sólo era un poco más animado que un cadáver”. Y es que, en cuestión de críticas viperinas, los editores del otro lado del Atlántico no se suelen quedar cortos. Al Gore se tuvo que esforzar al máximo por proyectar gestos más naturales y espontáneos.

Aquí los dos candidatos al debate tendrán que tener en cuenta el tema de las sonrisas, sobre todo Rajoy.  Rubalcaba tiene una expresión plácida, comedida; Rajoy por el contrario tiene un gesto mucho más hosco y sus sonrisas parecen forzadas. Además, mantiene el torso excesivamente recto, los hombros excesivamente firmes y apenas mueve las manos. En esto, a pesar de la distancia ideológica, es un calco de Al Gore.  Sr. Rajoy: relaje el semblante, atenúe la expresión y esfuércese por moverse un poco (ladee la cabeza o contornee las manos, por ejemplo). Ganará en expresividad.

Sr. Rubalcaba: cuando su contendiente esté hablando, sonría. Tiene la tendencia de fruncir el ceño (entiendo que es un gesto que demuestra concentración, pero en televisión aparece hosco). Mientras el Sr. Rajoy esté hablando a usted seguramente le dedicarán unos primeros planos para comprobar su reacción. Insisto: en esos momentos, sonría.

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Archivado bajo comunicación, Hablar mejor en público, Lecciones del Ala Oeste de la Casa Blanca, liderazgo

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