Los 10 errores de Rubalcaba en el debate

Rubalcaba no lo tenía nada fácil, es cierto. En cuanto se presenta la retahíla de datos económicos –a cada cual más nefasto, a cada cual más preocupante – no debe resultar nada sencillo mantener el semblante regio, la sonrisa perenne y los nervios templados. Rajoy lo sabía de sobras y por eso aludió tan pronto como pudo a la letanía de cifras de paro y otras desgracias patrias y luego la repitió hasta la saciedad en un intento por desacreditar a su oponente y dejar clara la frase que él había ido a decir ayer por la noche: “La situación ha llegado a un extremo insostenible. Hace falta un cambio”. Contundente e inapelable. Hasta Rubalcaba debía de estar de acuerdo.

El candidato socialista no lo tenía fácil, insisto. Pero de ahí a perder el debate como lo perdió ayer hay un abismo. Resumo aquí los principales errores:

1.No supo gestionar el juego de las expectativas. En Estados Unidos hay una máxima que todos los asesores políticos respetan como si de un mantra religioso se tratara: días antes de la celebración de un debate, hay que rebajar las expectativas que la gente tiene sobre tu propio candidato. Porque en un debate la percepción cuenta mucho y no hay que crear falsas esperanzas. Hasta el equipo de Obama sudó la tinta china para dejar claro que “no era tan bueno debatiendo como muchos se pensaban” y su jefe de comunicación, Robert Gibbs, insistía una y otra vez frente a los escépticos periodistas que “Obama no sabe resumir, con lo que necesita media hora para explicar cada punto de su programa y en televisión tan sólo le van a dejar treinta segundos para hacerlo”. Expectativas, hay que rebajar las expectativas.

El equipo de Rubalcaba, sin embargo, hizo todo lo contrario: las hinchó al máximo. Rubalcaba se tendría que haber encarnado ayer en el mismísimo Demóstenes para estar a la altura. Cosa que, obviamente, no sucedió. Todo el mundo esperaba que dejase K.O. a Rajoy en los primeros diez minutos y, cuando llevábamos media hora y todos comprobamos con cierta perplejidad que el otro aguantaba el envite y también lanzaba estocadas, las expectativas se empezaron a desmoronar. Rajoy ya había ganado. Y no por méritos propios precisamente.

2. Infravaloró a Rajoy. Mientras todo el mundo cantaba las excelencias como orador de Rubalcaba, Rajoy se debía estar relamiendo, Porque nadie daba un duro por él en el debate y eran muchos los analistas que coincidían en vaticinarle incluso una amarga humillación pública. Fantástico, debía pensar Rajoy. Esto, a pesar de lo que pueda parecer, es lo mejor que te puede pasar en un debate político. Porque sólo tienes que aguantar el tipo y salir ileso para batir todas las expectativas y asombrar al personal.

No se puede decir (ni por asomo) que el candidato del PP estuviera ayer brillante: la tendencia exagerada a leer todo el rato, el tono monocorde, la falta de propuestas, la verborrea exacerbada… todo esto es la antítesis de lo que se espera de un buen tertuliano, ya no digamos de un futuro Presidente. Pero Rajoy tuvo aciertos comunicativos, mal que nos pese: centró rápidamente el debate en los términos que a él le interesaban, no cedió ni un ápice frente a las peticiones de Rubalcaba de que aclarase ciertos puntos, se despachó a gusto con banalidades cuando el tema no le convenía y demostró que leyendo datos y pasando fichas era imbatible. Que él no había ido allí a explayarse, tan sólo a demostrar que podía salir indemne.

3. El parlamento inicial de Rubalcaba, tibio. Me esperaba mucha más garra, fuerza y determinación, la verdad, Y es que no pongo en duda que Rubalcaba debe haber sido un excelente corredor de fondo, esos que salen despacio, mantienen el ritmo y luego corren mucho. Pero en los debates, y más si son en televisión, los sprints se hacen al inicio, y no al final. Rubalcaba comenzó flojo e incluso con cierto nerviosismo. Miraba a cámara con timidez, movía excesivamente las manos (y el enfoque de cámara no le ayudaba demasiado), las palabras no fluían como suele ser característico en él. Los mensajes, por eso de que faltó pasión, no quedaron claros. Me faltó un relato que no encontré en todo el debate. Además el tono fue demasiado académico: perfecto para una reunión de ministros, pero no para un debate en televisión.

4. El lenguaje gestual, alicaído. Lo dije en el post anterior, cuando Rubalcaba bajó del coche no se le veía suelto y confiado. Todo lo más parecía serio y contenido. Fue un mal presagio. Estaba excesivamente desdibujado y en la mesa de debate, ya en el plató, no parecía encontrarse demasiado a gusto. Manos juntas pegadas al torso, lo que demuestra falta de confianza en uno mismo, y cuando comenzó a hablar las movía con fruición, lo que demuestra nerviosismo. La sonrisa, en un principio, era forzada. Luego, sobre todo hacia el final del debate, se fue relajando, los gestos fueron más conciliadores y ganó en expresividad y temple. Pero quizás ya era tarde.

5. Y luego vino la agresividad. Me sorprendió, tengo que reconocerlo. No me lo esperaba. Era cierto que el ritmo del debate, y la obsesión de Rubalcaba porque Rajoy entrara al trapo, iban caldeando en exceso el ambiente. Pero el gesto de exabrupto que nos propinó gratuitamente Rubalcaba no venía a cuento. De hecho, no le pega en lo más mínimo. Se puede pensar lo que se quiera de sus propuestas (esto depende de cada uno), pero no se puede dudar de que este hombre debe tener unos nervios de acero. Pero ayer le fallaron. Creo que fue una estrategia perfectamente estudiada y calibrada para forzar una respuesta a la desesperada del contendiente, pero el tiro le salió por la culata, porque a Rajoy le debían haber dado uno o varios váliums por la tarde y no había nada ni nadie que le sacara de sus casillas. Con lo que el único descolocado acabó siendo Rubalcaba.

6. Cuando parecía que ya lo tenía contra las cuerdas, lo deja escapar. Rubalcaba fue el único que dejó sobre la mesa propuestas para salir de la crisis (algunas con más atino que otras) y me gustó cuando le espetó a Rajoy que “los parados esperan hoy de nosotros algo más que recordarles que están parados”. Estaba bien recordarlo. Pero se despachó con evasivas al principio (excesivas referencias a la crisis financiera internacional y pocas a la crisis económica estatal) y con medidas poco asequibles a profanos en la materia (como lo del “Plan Marshall” europeo). Le faltó concisión y, sobre todo, ciertas dotes de proximidad. Lo peor, sin embargo, llegó con las citas textuales del programa del PP (que, por supuesto, poquísima gente se ha leído, con lo cual nadie sabía de lo que estaba hablando Rubalcaba). Lo del “¿me lo aclara? ¡¡¡¿¿me lo aclara??!!!” no ayudó en exceso a determinar qué era exactamente lo que había que aclarar.

Ahora bien, hay que reconocerle que las misivas lanzadas tan seguidamente tuvieron cierto efecto, por aquello de que a Rajoy se le veía perplejo. Pero las preguntas eran rebuscadas, insisto, y Rajoy pudo salirse por la tangente con demasiada facilidad.

7. Cedió demasiada cancha a Rajoy en temas donde él tenía clara ventaja. Pasado el primer bloque del debate, centrado en el paro y la economía, llegó el momento en que Rubalcaba tendría que haberse lucido: los derechos sociales. Y, cual fue la sorpresa mayúscula de todo el mundo, cuando Rajoy parecía más cómodo que su contrincante hablando de la sanidad y de la educación. Hasta hubo momentos en los que parecía más de izquierdas (como cuando recordó que la brecha entre ricos y pobres es ahora más grande que nunca). Ni tan siquiera la insistencia de Rubalcaba para que Rajoy explicase cómo pensaba resolver el tema de la financiación sanitaria le puso en entredicho. Había que hablar de parados, fuese el tema de fondo el que fuese. Y así lo hizo: “si la gente trabaja, recaudaremos más ingresos y así pagaremos la sanidad”. Y se quedó tan a gusto.

8. Los gráficos, en clase. También lo dije en un post anterior, esto de sacar gráficos en medio del debate sobra completamente. Y Rubalcaba sacó los grandes gráficos, no por lo que contenían, sino por el tamaño. Pocas veces había visto tal barbaridad en un debate. Ahora, eso sí, se veían perfectamente. Hasta la fuente, vamos. A propósito de esto, vuelvo a insistir en la necesidad de erradicar tanto papel y bibliografía de apoyo en las mesas de los debates, que al final los candidatos más que estar pendientes el uno del otro tan sólo parecían interesados en encontrar un trozo de folio en blanco.

9. Trató a Mariano Rajoy como al futuro Presidente. Sobre todo en el parlamento final, cuando le tendió la mano (es una figura retórica, se entiende) y le dijo aquello de usted podrá contar conmigo. Hasta daba penita y todo, la verdad.

Y, diez. Reconoció que iba a perder. Desde el principio.

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