“Sorry. Oops!”: las anécdotas del otro gran debate

Abro paréntesis. Mañana empieza mi particular cita artística anual en Madrid. Y este año, no sólo el Prado me regala una magnífica exposición de los cuadros del Hermitage (mi cuadro favorito del mundo incluido), sino que el Caixa Fórum ha tenido a bien organizar la mayor retrospectiva de Delacroix en los últimos cincuenta años. Qué majos, todos ellos. Bueno, me esperan dos días cuadro-intensivos, con lo que no tendré tiempo de actualizar el blog. El domingo ya estaré de vuelta. Lo prometo. Cierro paréntesis. 

Volvamos a lo nuestro. Y lo nuestro vuelve a ser hoy un tema de debates.

Y es que el de Rubalcaba y Rajoy no fue el único. Ayer asistimos en TV1 a otro debate donde (esta vez sí) representantes de los cinco grandes grupos políticos con escaño en el Congreso español expusieron sus ideas y refutaciones. La verdad: quizás no hubiese tanta adrenalina en el ambiente como el lunes (ni, desgraciadamente, tanta expectación), pero en líneas generales el nivel fue mucho mayor, las propuestas de los partidos quedaron más claras y el tono fue mucho más elegante, incluso en ciertos puntos conciliador. Aquí se habló de política, propuestas y, por fin (insisto: por fin) hubo datos, argumentos y contrarréplicas inteligentes. Cada cual en su línea, por supuesto, pero no se puede dudar de que el de ayer fue un buen debate.

Ahora bien, no fue el único que centró mi atención. Y es que, al otro lado del Atlántico, los candidatos republicanos a la nominación de su partido para aspirar a la Casa Blanca también se batían en duelo. Y como todo buen espectáculo que se precie (que en esto los estadounidenses son muy suyos), hubo sorpresas inesperadas en forma de gazapos sorprendentes.

Era el noveno debate que les enfrentaba. Sí, han leído bien: el noveno. Y los que quedan. El lugar escogido fue la Universidad Oakland en Detroit. En el plató, los ocho aspirantes. Todas las miradas, sin embargo, puestas en tres de ellos: Mitt Romney (el favorito según las encuestas), el gobernador Rick Perry de Texas y Herman Cain (un hombre casi desconocido para muchos hasta hace unos meses, pero que experimentó una subida espectacular en los sondeos y ahora parece que lo tiene todo perdido ya que se han vertido sobre él acusaciones de acoso sexual).

El debate, retransmitido por la CNBC, duró dos horas. El principal tema de discusión: la economía. El tono: cordialidad absoluta. La campaña republicana hasta ahora no ha sido precisamente un nido de rosas; de hecho, las acusaciones viperinas sin ningún tipo de fundamento son la norma. Pero los votantes ya han dejado claro que están cansados de tantas diatribas sin sentido y que quieren substancia, y cuanta más mejor. De ahí que ayer todos se esforzaran por dejar al margen la acritud y la sorna y se centraran en ofrecer explicaciones sobre porqué se oponían a las políticas de estímulo de la economía que está lanzando Obama.

No están a favor de las subvenciones que el gobierno otorgó a Chrysler y General Motors (dinero que, por cierto, salvaron a ambas, por no decir que aseguraron miles de puestos de trabajo) y, por supuesto, les pareció a todos una auténtica locura prestar dinero a la “pobre Europa” esgrimiendo que los esforzados trabajadores de América no eran los responsables de la irresponsabilidad de algunos extranjeros. El gobierno no debe inmiscuirse en la economía, corearon al unísono. De hecho, tan sólo es un estorbo para la creación de empleo. Y, en este punto precisamente, justo cuando tenían que detallar qué era exactamente lo que recortarían si llegaban al Despacho Oval, es cuando se produjo la anécdota.

“La agencia de comercio, educación y… Y….El tercero no puedo… Sorry. Oops!” El gobernador de Texas se quedó en blanco y su candidatura, inmediatamente, en entredicho.

Hay que reconocer que fue un momento tan trágico (para él) como cómico (para los demás). Porque intentaba desesperadamente acordarse del dichoso nombre, se inclinó hacia Ron Paul, otro contendiente, en un gesto que parecía implorarle ayuda. Y Ron Paul intentó tenderle un cable y le susurró una posibilidad, pero no, aquella tampoco era la respuesta. ¡Energía! El departamento de energía. Esa era la escurridiza agencia de cuyo nombre no podía acordarse y cuyo olvido le va a costar la carrera presidencial.

Larry Sabato, un erudito sobre campañas presidenciales, comentó ayer al New York Times que “fue el momento más desbastador que yo recuerde en la historia de las primarias”. Tan sólo quedan dos meses para la cita de Iowa. New Hampshire y Carolina del Sur vendrán acto seguido. Pero mucho me temo que, a pesar de todo el dinero que lleva invertido en publicidad en todos estos estados, para Perry “the game is over”. Sorry!

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Archivado bajo comunicación, Hablar mejor en público, Lecciones del Ala Oeste de la Casa Blanca, liderazgo

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