Algo ha pasado en Iowa

Mitt Romney ha ganado. Eso es lo único en lo que han acertado todas las encuestas. Ahora bien, lo que nadie había podido predecir, ha ocurrido. Rommey ha ganado, sí, pero por tan solo ocho votos de diferencia frente al segundo en liza: el ex Senador de Pennsylvania, Rick Santorum. No había pasado nada parecido desde 1980, cuando George Bush padre venció en ese estado a Ronald Reagan por tan sólo dos puntos porcentuales. Ahora, sin embargo, la distancia ha sido aún menor. Romney se hacía con 30.015 votos y Sartorum (que contaba tan sólo con un minúsculo presupuesto de campaña) aglutinaba a 30.007. Ron Paul, el tercero en disputa, recababa la nada despreciable cifra de 26.219 votos y Newt Gingrich se ha tenido que conformar con un triste 16.251.

Todo esto demuestra que todavía está todo por decidir en la contienda republicana a la nominación y, lo que es más interesante, es una prueba inefable de que los votantes republicanos no tienen claro exactamente qué tipo de candidato quieren (al fin y al cabo,  el moderado Romney y el ultraconservador Santorum representan cosas muy distintas dentro del mismo partido).  Las encuestas previas ya habían demostrado que a los republicanos de Iowa les preocupaba fundamentalmente la economía y el déficit público (y en esto no había fisuras), pero también reconocían que los votantes no se podían de acuerdo en cuanto a “aspectos de personalidad” se refería. Así, mientras que el 30% creía que la cualidad más importante era “poder vencer a Obama”, un tercio de los encuestados defendían que lo esencial era escoger a un “auténtico conservador” y otro tercio arremetía con que lo fundamental era “un candidato con un fuerte carácter moral”.

Es decir, en esta pugna pueden caber muchos republicanos distintos. Y muchas ideas distintas de lo que significa ser Republicano.

¿El fracaso de Romney?

De lo que no hay duda, en cualquier caso, es que a Romney el resultado le debe haber sentado como un jarro de agua fría. Nunca había escondido su deseo de conseguir una victoria aplastante Iowa que le facilitase el camino a la nominación. Pero tan pronto como aparecieron los resultados de las encuestas a pie de urna, sus esperanzas se desmoronaron. Y es que los sondeos arrojaban tendencias más que preocupantes para Romney. Según recoge hoy el New York Times, cuatro de cada diez personas que acudieron al “caucus” lo hacían por primera vez y la gran mayoría de ellos declaraban su apoyo por Ron Paul. A su vez, la mayoría de los restantes seis de cada diez reconocían que habían decidido su voto en el último momento y un tercio de ellos se habían inclinado por Santorum.

“Nos queda mucho trabajo por hacer”, explicó Romney en uno de sus últimos mítines de la jornada, cuando ya se atisbaba el resultado final.

Desde luego, no se equivocaba.

Para empezar, según el periodista Tim Rutenberg del New York Times, Romney se enfrenta al difícil problema de conectar con las bases más conservadoras de su partido:

“Puede que el Sr. Romney sea quien tenga más dinero, la mejor organización e incluso quine tenga mayores posibilidades de vencer de Obama. Pero no ha sido capaz de conectar con el alma más antigubernamental y populista de su partido, ni de convencer a los conservadores más tradicionales de que es un candidato aceptable en unas elecciones en donde las esperanzas no sólo están puestas en vencer a Obama, sino en cambiar de forma permanente los valores y la dirección del país”.

Porque que Romney es republicano no se pone en duda, pero si es conservador, sí. Su moderación, de hecho, es ahora su mayor escollo. Él se presenta como un padre de familia tradicional, como un marido fiel y un eficiente hombre de negocios. Hasta cierto punto quiere reivindicar la herencia de Bush (la del “conservadurismo compasivo” del 2000; no la del descalabro de la última legislatura). Pero quizás los votantes (que están abandonando “el centro”  a toda velocidad) estén esperando algo más.

Además, según Philip Rocker del “Washington Post”, Romney parece caer en los mismos errores que en su anterior intento de hacerse con la nominación republicana (en 2008; perdió finalmente frente a John McCain): su falta de pasión cuando habla, las sospechas de hasta qué punto es conservador y, sobre todo, la incapacidad de atraer seguidores a su candidatura.  Ésta última, precisamente, es lo que más amenaza su principal virtud: que él es, de momento, el candidato con más posibilidades de ganar. Porque, ¿si no es capaz ni de convencer a tu propio partido, como va a convencer a los electores indecisos (y a atraer demócratas descontentos)?

Romney va a tener que demostrar en la próxima cita, New Hampshire, que es capaz de hacerlo.

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