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Empezar de nuevo

Las críticas dentro de su propio partido no dejan de amenazarlo hasta tal punto que son muchos los que, sin ningún reparo y con poco disimulo, comentan en voz alta que es incapaz de pilotar la nave y ejercer liderazgo. Pero Ed Miliband, líder del Partido Laborista británico, no parece ser de los que se amedrentan.

De hecho, ha demostrado hoy mismo que no le tiene ningún miedo a las descalificaciones, que es capaz de proponer ideas interesantes y, sí, que está en condiciones de dar la batalla para ocupar “Downing Street” en el 2015.

Miliband hoy se la jugaba, pero la partida se ha saldado con un tanto a su favor. En un discurso frente a la organización “London Citizens”, ha propuesto una hoja de ruta coherente que según algunos medios, como el periódico “The Guardian”, marca una nueva etapa en la historia laborista.

Lo más destacado:

1. Asumir los problemas sin titubeos. El Partido Laborista arrastra un problema de credibilidad en el campo económico muy acuciado.  Es cierto que en el 2007, cuando estalló la crisis y los laboristas estaban en el gobierno, la economía británica disfrutaba de un crecimiento que parecía robusto. Llevaban nada menos que una década creciendo, ahí es nada. Y, al mismo tiempo, el desempleo había caído drásticamente. Pero no todo eran buenas noticias: a pesar de la bonanza económica, las cuentas públicas no estaban equilibradas y había déficit (pequeño, pero déficit al fin y al cabo). Además, los laboristas creyeron ingenuamente que las cantidades recaudadas por los impuestos se mantendrían estables, sin darse cuenta de que las arcas públicas estaban llenas de dinero proveniente de la especulación del mercado inmobiliario y la actividad desenfrenada (y sin control) de las entidades financieras de la “City”. Con lo que, cuando estalló la crisis, los ingresos menguaron rápidamente y el déficit público se disparó.

Por ello, todavía hoy son muchos los ciudadanos que consideran que el gobierno de Gordon Brown no supo reaccionar acertadamente frente a la crisis y que, encima, adoptó medias erróneas para contener sus consecuencias. Frente a esta creencia tan extendida, los laboristas (ahora en la oposición), no han sabido ofrecer una narrativa coherente ni argumentos sólidos para contrarrestar las críticas. De hecho, como muy acertadamente apunta hoy Maurice Glasman (asesor de Miliband y cerebro del “Blue Labour”) en la versión online de “New Statesman”:

Parece no haber [entre los laboristas] ningún tipo de estrategia, ningún tipo de narrativa y muy poca energía. Viejas caras de la era Brown todavía dominan el “shadow cabinet” [la oposición] y parecen obsesionados en defender lo que los laboristas han hecho. Pero lo están explicando mal: dicen que ellos no gastaron tanto dinero y que, si estuvieran ahora gobernando, harían menos recortes y de forma mucho menos drástica. Ahora bien, no entran en detalle, ni dicen cómo exactamente lo harían.

Estos laboristas, aparentemente, pretenden ganar las próximas elecciones gracias a todos aquellos demócratas liberales que se sienten decepcionados y los trabajadores públicos. Pero por el momento no han ganado, ni existe el menor indicio de que puedan ganar, en un debate económico. No se ha articulado una alternativa constructiva, ni se ha intentado repensar la relación que debe existir entre el Estado, los mercados y la sociedad. El mundo parece ir a la deriva, pero los laboristas no damos la imagen de estar a la altura de las circunstancias.

No es una visión aislada dentro del partido. A principios de diciembre algunos asesores destacados del Partido Laborista hicieron público un panfleto en donde exigían que Miliband “dejase de centrar todas sus energías en atacar los recortes promovidos por los conservadores en el 2010 y focalizase sus esfuerzos en conseguir restaurar la credibilidad del partido laborista en temas económicos y fiscales”.No se trataba de criticar sin piedad las medidas adoptadas por el gobierno de Gordon Brown, sino de reconocer sin tapujos que “las medidas que Gordon Brown propuso eran sensatas en teoría, pero fueron imprecisas y demasiado vagas en la práctica”.

No sólo era una cuestión de responsabilidad ideológica, también había cierto cálculo electoral en esta reflexión. Porque, según algunas encuestas, se ha confirmado que los británicos comprenden que las medidas adoptadas por el gobierno del actual Primer Ministro Cameron para contener el déficit son necesarias. Además, consideran que la crisis que se vive el país se debe a las situación del euro, a la herencia de los laboristas y al comportamiento irresponsable de los bancos, más que a las acciones emprendidas por David Cameron. Por tanto, insistir en que los recortes son malos (y no aportar nada más) no sólo no estaba dinamitando la popularidad de los conservadores, sino que estaba dañando la credibilidad de los laboristas, al entenderse que éstos tan sólo estaban escurriendo el bulto y eludiendo sus responsabilidades. 

2. En lo bueno y en lo malo. En base a todos estos argumentos, Miliband ha reconocido hoy que el laborismo debe revisar algunas de sus premisas, sobre todo en temas fiscales. “Debemos demostrar que el laborismo es un partido para todas las épocas, no sólo para las de bonanza económica”, ha defendido. 

Cada vez que los laboristas hemos ganado unas elecciones, lo hemos hecho cuando la economía iba bien: cuando los emprendedores podían crear beneficios, cuando las compañías sabían que había mercados para sus productos y consumidores dispuestos a comprar. Esa economía en crecimiento significaba que teníamos más recursos en las arcas públicas que podíamos invertir en infraestructuras, en ayudar a las familias trabajadoras y en proteger a los más vulnerables en nuestro país.

La próxima vez que volvamos al poder será diferente. Tendremos que gestionar el déficit. Tendremos que tomar decisiones difíciles que todos desearíamos no tener que tomar. Así que lo que tenemos que hacer es repensar cómo conseguir una distribución justa y equitativa en un período en que habrá menos dinero que emplear.

3. Una hoja de ruta (ideológica) coherente. El punto de inflexión que ha propuesto Miliband (alejarse de la ortodoxia que dice que todo gasto público es bueno) no parece, sin embargo, una renuncia de los prelados esenciales del laborismo. Para que quede claro, ha dicho que todos sus esfuerzos irán encaminados a cumplir tres objetivos básicos:

“Primero, reformar nuestra economía para que podamos establecer una estrategia de crecimiento sostenible a largo plazo cuyos beneficios sean repartidos injustamente. Segundo, actuar contra intereses aislados que amenazan los estándares de vida de las familias. Y, tercero, adoptar decisiones que favorezcan a la mayoría, a las personas que trabajan duramente”.

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Debate de investidura: secretos previsibles y ambigüedades impermisibles

Una vez Mariano Rajoy ha puesto punto y final a la casi hora y media de discurso (treinta y una páginas tiene la versión escrita), los representantes del resto de fuerzas políticas del hemiciclo se han afanado a aparecer delante de los medios y valorar la intervención. Ha sido “ambiguo” para algunos, “poco ambicioso” para otros, “decepcionante” para la gran mayoría.

Para mí, simplemente, ha sido previsible.

1.- Previsible por la retórica inflada a la que nos tiene acostumbrados el futuro Presidente, una retórica que empequeñece al mismo Quevedo y que aturde de tanta perífrasis repetida, frase engominada, adjetivo reiterativo y adverbio sobrante. Vaya, que el discurso está muy mal escrito. Y el tono monocorde con el que el futuro Presidente adorna sus intervenciones no ayuda un ápice a superar el ataque de insomnio que te invade de inmediato al escucharlo (tampoco ayuda en exceso tan solo leerlo).

No me esperaba ni por asomo una arenga al estilo “sangre, sudor y lágrimas” con el que Winston Churchill insufló ánimos a sus compatriotas, ni mucho menos un optimista aunque ingenuo “Yes We Can”, ni por supuesto nada parecido al elegante “We have nothing to fear but fear itself” rooseveltiano. Pero de ahí a que hayamos caído en una pura verborrea sin estilo hay un abismo.

2.- Previsible por los mensajes, una retahíla de propuestas que querían demostrar a Europa que seguiremos siendo un alumno aventajado (y claramente pelota) de los designios imperantes de Alemania y que no adoptaremos ninguna postura contestataria (¡Dios nos libre!) frente al libre albedrío (y falta de criterio) con el que la Señora Merkel lidera al continente.

Se ha empezado hablando de la austeridad, se ha pasado luego a hablar de la austeridad, se ha recalcado la austeridad y se ha acabado reivindicando la austeridad. Que le quede claro a los alemanes: cumpliremos con nuestra promesa de reducir el déficit el año que viene en los términos establecidos, aunque por ello tengamos que estrangular toda posibilidad de crecimiento económico. Y que quede claro que digo esto como defensora de la austeridad, si bien aplicada desde el sentido común y no desde posturas maximalistas.

Rajoy no ha dejado claro cómo conseguiremos esta reducción tan drástica del gasto público, ni ha desvelado qué ajustes establecerá en todas las partidas que no sean las pensiones (las cuales subirá, por supuesto). Es decir, no sabemos aún del alcance que tendrá el “ajuste” en educación ni en servicios sociales, ni en infraestructuras productivas, aunque nos podemos ir preparando para recortes substanciales.

Ahora bien, Europa puede respirar tranquila: el Sr. Rajoy no se ha pronunciado sobre Europa más allá de fórmulas al uso que no quieren decir nada, y por tanto, no sabemos exactamente cuál es su postura sobre el futuro del Banco Central Europeo, ni sobre la reforma de los tratados comunitarios.

3.- Previsible por los silencios y las omisiones. Ni una palabra sobre el proceso de paz en Euskadi, ni una palabra sobre “pluralidad nacional”, ni una palabra sobre infraestructuras claves, ni sobre temas que afectan a territorios situados más allá del Manzanares.

4.- Previsible porque no hacía falta mantener el silencio y el secretismo durante prácticamente un mes para anunciar tan sólo líneas maestras y no entrar en detalle. Para decir que eliminará los puentes, pondrá fin a las prejubilaciones, volverá a incentivar la compra de vivienda y que subirá las pensiones (y bajará todo lo demás), no hacía falta tanto hermetismo. De hecho, para eso tenía la campaña electoral: para lanzar este tipo de mensajes. Ahora se necesitaba una hoja de ruta y Rajoy nos ha demostrado que no sabe siquiera lo que es un GPS.

 

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The Iron Lady

Me encantó “Malcolm X”. Me encantó “Nixon” y “JFK”, y también “El último rey de Escocia” y, por supuesto, “Frost vs. Nixon”. Soy además una auténtica adicta al “Ala Oeste de la Casa Blanca”, disfruté con “Into the Storm”, la serie que narra la vida de Winston Churchill; y hace unos días un compañero de trabajo (moltíssimes gràcies, Roger) me descubrió la brillante “House of Cards”, una serie británica de principios de los noventa sobre las tretas, escaramuzas y vilezas maquiavélicas varias (asesinatos incluidos) de un ambicioso y retorcido político conservador que se hace con el poder de su partido (un sensacional Ian Richardson interpreta al personaje).

Deducirán que ver películas y series políticas es una de mis aficiones favoritas, con lo que estoy de enhorabuena. La gran pantalla me regalará en los próximos meses una serie de joyas con las que seguir deleitándome. La que más ilusión me hace: The Iron Lady. 

Ha recibido siempre críticas, cuando no directamente insultos. Sus oponentes la detestaban, sus adversarios la odiaban y entre los suyos tampoco se podía decir que despertara efusivas simpatías. Y es que Margaret Thatcher era dura e implacable, testaruda y contundente, ambiciosa y desconfiada. Pero algunas de sus iniciativas, mal que nos pesen, consiguieron sacar al país adelante en unos momentos críticos que llegaron a rozar el desastre.

A principios de enero se estrena “The Iron Lady”, donde la siempre impecable Meryl Streep se pone en la piel de la ex Primer Ministra con tal destreza y maestría que su interpretación huele claramente a Óscar. Si tienen la oportunidad, vean la película en versión original. Streep hace un trabajo sensacional con la voz de la ex-Primer Minister. Y es que Margaret Thatcher tuvo que tomar clases para rebajar el tono de voz y para conseguir hablar más despacio. El National Theatre fue quien guió los entrenamientos de voz de Thatcher para que adoptase una mayor claridad en sus discursos y conseguir un tono de estadista. 

Por no decir que en la película se refleja muy fielmente el cambio de imagen que experimentó la líder conservadora en su viaje hacia Downing Street. Es decir, todos sus esfuerzos para mejorar su expresividad facial y corporal.

A principios de enero tendremos a “The Iron Lady” en nuestras pantallas. No os la perdais.

 

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No está nada decidido

Lo anunció ayer. Y no, no lo hizo con la flamante puesta a punto con que anunció hace unos meses y rodeado de miles de fieles que creaba un nuevo partido, la República Solidaria. Dominique de Villepin, ex Primer Ministro de Francia y enemigo acérrimo de Nicolas Sarkozy (con el cual compartió, no olvidemos, filas de un mismo partido, el UMP), anunció ayer por un canal de televisión que sí, se presentaba a las presidenciales de su país del año que viene.

No es que tenga unas encuestas excesivamente a favor (de hecho, los sondeos más optimistas le confieren tan sólo el 2% de la intención de voto), ni tampoco cuenta ya con demasiados seguidores, ni siquiera se puede decir que pueda confiar en un equipo leal de asesores (a la mayoría los ha ido perdiendo por el camino). Por todo ello, de Villepin no parece tener la más mínima posibilidad de victoria. Pero recordemos que en democracia no está nada decidido hasta que las urnas hablen y, además, el flamante ex Primer Ministro cuenta con activos sin duda atractivos. El más destacado, sin duda, es que se presenta, no como un hombre de partido, sino como un estadista que está por encima de las divisiones partidistas, que quiere poner el interés por encima de batallas ideológicas estériles. Se ha presentado como un seguidor de De Gaulle y como un hombre pragmático y de centro, con propuestas que destilan sentido común y apelan a acordarse de la “grandeur” del país galo. Y ahí, precisamente, es donde puede hacer más daño. De momento, en las encuestas el socialista François Hollande va por delante del actual Presidente Nicolás Sarkozy, pero una posible pujanza de “Republique Solidaire” puede arañarles a ambos un nutrido grupo de votos. De ahí que responsables de ambos partidos hayan salido pronto a palestra para intentar rebajar al máximo las expectativas de de Villepin. El propio Hollande ha reconocido perplejo que “de Villepin ha sorprendido a los suyos”, en una clara alusión a que de Villepin sigue siendo un conservador, aunque vestido ahora de centrista. Por su parte, la directora de campaña de la UMP se ha despachado a gusto con que “de Villepin, ni tiene seguidores, ni tiene recursos, ni tiene proyecto político”, en un intento poco cortés sin duda por descalificar a su rival como una simple bocanada de aire fresco que se despejará en pocas semanas.

Sea como fuere y pase finalmente lo que pase, no hay duda de que de Villepin sigue siendo un maestro de las palabras y que sus discursos no dejan indiferentes a nadie. Todavía recuerdo su apasionada, elocuente y certera intervención en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando se opuso vehementemente a la invasión de Irak. Como recuerdo también su oratoria grandilocuente y su emoción desbordada en el momento en que anunció en medio de frases elegantes que formaba su propia fuerza política. En la entrevista de ayer tan sólo anunció unas simples frases como justificación a su decisión de presentarse,  pero lo escueto no restó un ápice de contundencia. Lanzó guiños tanto a votantes de derechas y de izquierdas, recordando que más que barreras ideológicas, ahora hay que apelar al patriotismo y la acción común. Recordó que Francia no podía ser humillada por las leyes de los mercados, se alejó contra medidas espartanas de austeridad, recordó la dimensión social de la crisis y se postuló como un político (“no profesional”, dijo, lo cual no resultó excesivamente convincente) que podía tratar las política social con el mismo rigor y responsabilidad que la política económica. “Quiero decir que es el momento de que estemos todos unidos”,

Desde luego, este hombre nos va a proveer de más que suculentos análisis.

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“Sorry. Oops!”: las anécdotas del otro gran debate

Abro paréntesis. Mañana empieza mi particular cita artística anual en Madrid. Y este año, no sólo el Prado me regala una magnífica exposición de los cuadros del Hermitage (mi cuadro favorito del mundo incluido), sino que el Caixa Fórum ha tenido a bien organizar la mayor retrospectiva de Delacroix en los últimos cincuenta años. Qué majos, todos ellos. Bueno, me esperan dos días cuadro-intensivos, con lo que no tendré tiempo de actualizar el blog. El domingo ya estaré de vuelta. Lo prometo. Cierro paréntesis. 

Volvamos a lo nuestro. Y lo nuestro vuelve a ser hoy un tema de debates.

Y es que el de Rubalcaba y Rajoy no fue el único. Ayer asistimos en TV1 a otro debate donde (esta vez sí) representantes de los cinco grandes grupos políticos con escaño en el Congreso español expusieron sus ideas y refutaciones. La verdad: quizás no hubiese tanta adrenalina en el ambiente como el lunes (ni, desgraciadamente, tanta expectación), pero en líneas generales el nivel fue mucho mayor, las propuestas de los partidos quedaron más claras y el tono fue mucho más elegante, incluso en ciertos puntos conciliador. Aquí se habló de política, propuestas y, por fin (insisto: por fin) hubo datos, argumentos y contrarréplicas inteligentes. Cada cual en su línea, por supuesto, pero no se puede dudar de que el de ayer fue un buen debate.

Ahora bien, no fue el único que centró mi atención. Y es que, al otro lado del Atlántico, los candidatos republicanos a la nominación de su partido para aspirar a la Casa Blanca también se batían en duelo. Y como todo buen espectáculo que se precie (que en esto los estadounidenses son muy suyos), hubo sorpresas inesperadas en forma de gazapos sorprendentes.

Era el noveno debate que les enfrentaba. Sí, han leído bien: el noveno. Y los que quedan. El lugar escogido fue la Universidad Oakland en Detroit. En el plató, los ocho aspirantes. Todas las miradas, sin embargo, puestas en tres de ellos: Mitt Romney (el favorito según las encuestas), el gobernador Rick Perry de Texas y Herman Cain (un hombre casi desconocido para muchos hasta hace unos meses, pero que experimentó una subida espectacular en los sondeos y ahora parece que lo tiene todo perdido ya que se han vertido sobre él acusaciones de acoso sexual).

El debate, retransmitido por la CNBC, duró dos horas. El principal tema de discusión: la economía. El tono: cordialidad absoluta. La campaña republicana hasta ahora no ha sido precisamente un nido de rosas; de hecho, las acusaciones viperinas sin ningún tipo de fundamento son la norma. Pero los votantes ya han dejado claro que están cansados de tantas diatribas sin sentido y que quieren substancia, y cuanta más mejor. De ahí que ayer todos se esforzaran por dejar al margen la acritud y la sorna y se centraran en ofrecer explicaciones sobre porqué se oponían a las políticas de estímulo de la economía que está lanzando Obama.

No están a favor de las subvenciones que el gobierno otorgó a Chrysler y General Motors (dinero que, por cierto, salvaron a ambas, por no decir que aseguraron miles de puestos de trabajo) y, por supuesto, les pareció a todos una auténtica locura prestar dinero a la “pobre Europa” esgrimiendo que los esforzados trabajadores de América no eran los responsables de la irresponsabilidad de algunos extranjeros. El gobierno no debe inmiscuirse en la economía, corearon al unísono. De hecho, tan sólo es un estorbo para la creación de empleo. Y, en este punto precisamente, justo cuando tenían que detallar qué era exactamente lo que recortarían si llegaban al Despacho Oval, es cuando se produjo la anécdota.

“La agencia de comercio, educación y… Y….El tercero no puedo… Sorry. Oops!” El gobernador de Texas se quedó en blanco y su candidatura, inmediatamente, en entredicho.

Hay que reconocer que fue un momento tan trágico (para él) como cómico (para los demás). Porque intentaba desesperadamente acordarse del dichoso nombre, se inclinó hacia Ron Paul, otro contendiente, en un gesto que parecía implorarle ayuda. Y Ron Paul intentó tenderle un cable y le susurró una posibilidad, pero no, aquella tampoco era la respuesta. ¡Energía! El departamento de energía. Esa era la escurridiza agencia de cuyo nombre no podía acordarse y cuyo olvido le va a costar la carrera presidencial.

Larry Sabato, un erudito sobre campañas presidenciales, comentó ayer al New York Times que “fue el momento más desbastador que yo recuerde en la historia de las primarias”. Tan sólo quedan dos meses para la cita de Iowa. New Hampshire y Carolina del Sur vendrán acto seguido. Pero mucho me temo que, a pesar de todo el dinero que lleva invertido en publicidad en todos estos estados, para Perry “the game is over”. Sorry!

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Los 10 errores de Rubalcaba en el debate

Rubalcaba no lo tenía nada fácil, es cierto. En cuanto se presenta la retahíla de datos económicos –a cada cual más nefasto, a cada cual más preocupante – no debe resultar nada sencillo mantener el semblante regio, la sonrisa perenne y los nervios templados. Rajoy lo sabía de sobras y por eso aludió tan pronto como pudo a la letanía de cifras de paro y otras desgracias patrias y luego la repitió hasta la saciedad en un intento por desacreditar a su oponente y dejar clara la frase que él había ido a decir ayer por la noche: “La situación ha llegado a un extremo insostenible. Hace falta un cambio”. Contundente e inapelable. Hasta Rubalcaba debía de estar de acuerdo.

El candidato socialista no lo tenía fácil, insisto. Pero de ahí a perder el debate como lo perdió ayer hay un abismo. Resumo aquí los principales errores:

1.No supo gestionar el juego de las expectativas. En Estados Unidos hay una máxima que todos los asesores políticos respetan como si de un mantra religioso se tratara: días antes de la celebración de un debate, hay que rebajar las expectativas que la gente tiene sobre tu propio candidato. Porque en un debate la percepción cuenta mucho y no hay que crear falsas esperanzas. Hasta el equipo de Obama sudó la tinta china para dejar claro que “no era tan bueno debatiendo como muchos se pensaban” y su jefe de comunicación, Robert Gibbs, insistía una y otra vez frente a los escépticos periodistas que “Obama no sabe resumir, con lo que necesita media hora para explicar cada punto de su programa y en televisión tan sólo le van a dejar treinta segundos para hacerlo”. Expectativas, hay que rebajar las expectativas.

El equipo de Rubalcaba, sin embargo, hizo todo lo contrario: las hinchó al máximo. Rubalcaba se tendría que haber encarnado ayer en el mismísimo Demóstenes para estar a la altura. Cosa que, obviamente, no sucedió. Todo el mundo esperaba que dejase K.O. a Rajoy en los primeros diez minutos y, cuando llevábamos media hora y todos comprobamos con cierta perplejidad que el otro aguantaba el envite y también lanzaba estocadas, las expectativas se empezaron a desmoronar. Rajoy ya había ganado. Y no por méritos propios precisamente.

2. Infravaloró a Rajoy. Mientras todo el mundo cantaba las excelencias como orador de Rubalcaba, Rajoy se debía estar relamiendo, Porque nadie daba un duro por él en el debate y eran muchos los analistas que coincidían en vaticinarle incluso una amarga humillación pública. Fantástico, debía pensar Rajoy. Esto, a pesar de lo que pueda parecer, es lo mejor que te puede pasar en un debate político. Porque sólo tienes que aguantar el tipo y salir ileso para batir todas las expectativas y asombrar al personal.

No se puede decir (ni por asomo) que el candidato del PP estuviera ayer brillante: la tendencia exagerada a leer todo el rato, el tono monocorde, la falta de propuestas, la verborrea exacerbada… todo esto es la antítesis de lo que se espera de un buen tertuliano, ya no digamos de un futuro Presidente. Pero Rajoy tuvo aciertos comunicativos, mal que nos pese: centró rápidamente el debate en los términos que a él le interesaban, no cedió ni un ápice frente a las peticiones de Rubalcaba de que aclarase ciertos puntos, se despachó a gusto con banalidades cuando el tema no le convenía y demostró que leyendo datos y pasando fichas era imbatible. Que él no había ido allí a explayarse, tan sólo a demostrar que podía salir indemne.

3. El parlamento inicial de Rubalcaba, tibio. Me esperaba mucha más garra, fuerza y determinación, la verdad, Y es que no pongo en duda que Rubalcaba debe haber sido un excelente corredor de fondo, esos que salen despacio, mantienen el ritmo y luego corren mucho. Pero en los debates, y más si son en televisión, los sprints se hacen al inicio, y no al final. Rubalcaba comenzó flojo e incluso con cierto nerviosismo. Miraba a cámara con timidez, movía excesivamente las manos (y el enfoque de cámara no le ayudaba demasiado), las palabras no fluían como suele ser característico en él. Los mensajes, por eso de que faltó pasión, no quedaron claros. Me faltó un relato que no encontré en todo el debate. Además el tono fue demasiado académico: perfecto para una reunión de ministros, pero no para un debate en televisión.

4. El lenguaje gestual, alicaído. Lo dije en el post anterior, cuando Rubalcaba bajó del coche no se le veía suelto y confiado. Todo lo más parecía serio y contenido. Fue un mal presagio. Estaba excesivamente desdibujado y en la mesa de debate, ya en el plató, no parecía encontrarse demasiado a gusto. Manos juntas pegadas al torso, lo que demuestra falta de confianza en uno mismo, y cuando comenzó a hablar las movía con fruición, lo que demuestra nerviosismo. La sonrisa, en un principio, era forzada. Luego, sobre todo hacia el final del debate, se fue relajando, los gestos fueron más conciliadores y ganó en expresividad y temple. Pero quizás ya era tarde.

5. Y luego vino la agresividad. Me sorprendió, tengo que reconocerlo. No me lo esperaba. Era cierto que el ritmo del debate, y la obsesión de Rubalcaba porque Rajoy entrara al trapo, iban caldeando en exceso el ambiente. Pero el gesto de exabrupto que nos propinó gratuitamente Rubalcaba no venía a cuento. De hecho, no le pega en lo más mínimo. Se puede pensar lo que se quiera de sus propuestas (esto depende de cada uno), pero no se puede dudar de que este hombre debe tener unos nervios de acero. Pero ayer le fallaron. Creo que fue una estrategia perfectamente estudiada y calibrada para forzar una respuesta a la desesperada del contendiente, pero el tiro le salió por la culata, porque a Rajoy le debían haber dado uno o varios váliums por la tarde y no había nada ni nadie que le sacara de sus casillas. Con lo que el único descolocado acabó siendo Rubalcaba.

6. Cuando parecía que ya lo tenía contra las cuerdas, lo deja escapar. Rubalcaba fue el único que dejó sobre la mesa propuestas para salir de la crisis (algunas con más atino que otras) y me gustó cuando le espetó a Rajoy que “los parados esperan hoy de nosotros algo más que recordarles que están parados”. Estaba bien recordarlo. Pero se despachó con evasivas al principio (excesivas referencias a la crisis financiera internacional y pocas a la crisis económica estatal) y con medidas poco asequibles a profanos en la materia (como lo del “Plan Marshall” europeo). Le faltó concisión y, sobre todo, ciertas dotes de proximidad. Lo peor, sin embargo, llegó con las citas textuales del programa del PP (que, por supuesto, poquísima gente se ha leído, con lo cual nadie sabía de lo que estaba hablando Rubalcaba). Lo del “¿me lo aclara? ¡¡¡¿¿me lo aclara??!!!” no ayudó en exceso a determinar qué era exactamente lo que había que aclarar.

Ahora bien, hay que reconocerle que las misivas lanzadas tan seguidamente tuvieron cierto efecto, por aquello de que a Rajoy se le veía perplejo. Pero las preguntas eran rebuscadas, insisto, y Rajoy pudo salirse por la tangente con demasiada facilidad.

7. Cedió demasiada cancha a Rajoy en temas donde él tenía clara ventaja. Pasado el primer bloque del debate, centrado en el paro y la economía, llegó el momento en que Rubalcaba tendría que haberse lucido: los derechos sociales. Y, cual fue la sorpresa mayúscula de todo el mundo, cuando Rajoy parecía más cómodo que su contrincante hablando de la sanidad y de la educación. Hasta hubo momentos en los que parecía más de izquierdas (como cuando recordó que la brecha entre ricos y pobres es ahora más grande que nunca). Ni tan siquiera la insistencia de Rubalcaba para que Rajoy explicase cómo pensaba resolver el tema de la financiación sanitaria le puso en entredicho. Había que hablar de parados, fuese el tema de fondo el que fuese. Y así lo hizo: “si la gente trabaja, recaudaremos más ingresos y así pagaremos la sanidad”. Y se quedó tan a gusto.

8. Los gráficos, en clase. También lo dije en un post anterior, esto de sacar gráficos en medio del debate sobra completamente. Y Rubalcaba sacó los grandes gráficos, no por lo que contenían, sino por el tamaño. Pocas veces había visto tal barbaridad en un debate. Ahora, eso sí, se veían perfectamente. Hasta la fuente, vamos. A propósito de esto, vuelvo a insistir en la necesidad de erradicar tanto papel y bibliografía de apoyo en las mesas de los debates, que al final los candidatos más que estar pendientes el uno del otro tan sólo parecían interesados en encontrar un trozo de folio en blanco.

9. Trató a Mariano Rajoy como al futuro Presidente. Sobre todo en el parlamento final, cuando le tendió la mano (es una figura retórica, se entiende) y le dijo aquello de usted podrá contar conmigo. Hasta daba penita y todo, la verdad.

Y, diez. Reconoció que iba a perder. Desde el principio.

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Debate: Ya han llegado

Expectación mediática hasta en China. Hay 23 cadenas de televisión y unos cien profesionales cuidando hasta el más mínimo detalle de un plato futurista y, desde mi punto de vista, desangelado. Hasta dónde tenían que aparcar los coches de los candidatos estaba tasado, no sea que el más mínimo milímetro altere el tiro de cámara. Dentro del palacio, un escenario de 200 m2, de fondo gris y suelo antideslizante. Insisto: desangelado. Habrá que esperar a los primeros planos para ver si realmente enmarca bien a los dos candidatos y el presentador o si, por el contrario, proyecta demasiada luz sobre ellos y, por tanto, no les hará ningún favor en el rostro. Un gris más oscuro hubiese quedado mejor (es el mismo problema que tuvo el primer debate que protagonizaron Kennedy y Nixon en 1960, casualmente).

Los preparativos no se han detenido en el puro “atrezzo”. Esteban González Pons del Pp y Óscar López del PSOE llegaban minutos antes y enseguida se apresuran a fijar el tono comunicativo y determinar mensajes claves. Viva el pre-spin, aunque hay que reconocer que todavía estamos a años luz de lo que acontecería en un debate de estas características en los Estados Unidos. Allí ya habrían entrevistado a una decena de personalidades de cada partido y los asesores de comunicación, spin doctors y consultores electorales ya habrían pasado por plató.

Y llegaron los candidatos. Primera sorpresa: van prácticamente iguales en la indumentaria.

Rajoy llegaba un minuto antes de lo previsto, a las 9:03h, sonriente y relajado. Traje gris oscuro, con una chaqueta más entallada de lo que es habitual en él. Corbata azul y camisa blanca. No sé si será un problema de mi televisor, pero la corbata dibujaba líneas tornasoladas (no llegaba al efecto “moiré”, pero también molestaba). Rubalcaba, por su lado, llegaba muy puntual a las 21:13 h, acompañado por Elena Valenciano (con una chaqueta blanca demasiado vistosa y una rosa roja en la solapa que captaba demasiado la atención y un poco más y le roba el plano a su jefe). Rubalcaba se veía relajado, aunque menos suelto que Rajoy. Traje también gris oscuro, camisa azul clara y corbata azul subido (excesivamente chillón) con topos blancos. Me fijo que la chaqueta le queda un tanto ancha.

Ya queda poco. Dentro de unos segundos, fotos de ambos juntos y comienza de verdad el espectáculo. Lástima que tan solo sea un cara a cara entre Rajoy y Rubalcaba. Con más candidatos hubiese dado mucho más juego.

Actualización: ya se ha producido la ansiada primera foto de ambos juntos. Por cierto, van bastante mal maquillados ambos. Espero que el sudor no les juegue una mala pasada.

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