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Para hablar mejor: tres libros recomendables y uno más imprescindible

Voy a deciros la verdad. Sin duda alguna, el mejor libro que se ha publicado para hablar mejor en público (y en privado) se escribió hace más de cincuenta años. Se trata de “Public Speaking for Success” de Dale Carnegie (existe la traducción en castellano). A partir de entonces, todos los libros para hablar mejor simplemente han resumido este libro y, por tanto, es bastante complicado encontrar algo realmente original que complemente los postulados de esta obra clásica.

Ahora bien, si sois de los que no os quedáis con una sola versión y preferís tomar un par de fuentes para comparar, contrarrestar y contrastar, os dejo una muy particular selección de libros que a mí me han gustado. Prometo hacer un post de cada uno de ellos para que los conozcáis un poco más y luego decidáis si vale invertir en ellos el tiempo de lectura:

 1. “Made to Stick” de Chip Heath y Dan Heath.

No está centrado en dominar el arte de la oratoria, pero su lectura es imprescindible para comprender porqué algunos mensajes sobreviven y triunfan y otros, simplemente, son olvidados al momento.

 

 

2. “Influence: Science and Practice” de Robert Cialdini.

Uno de mis libros favoritos y la pesadilla de mis alumnos (lo recomiendo a todas horas). Cialdini, psicólogo de formación y reconocido como uno de los mayores expertos mundiales en liderazgo, explica en este libro las “siete armas de la persuasión”. Aviso: una sabia combinación de estas siete armas puede hacerte persuadir a cualquiera.

3. “The Reagan Persuasion”, de James Humes.

Sin duda, Ronald Reagan fue uno de los mejores oradores de la historia. Por algo su apodo era precisamente “el gran Comunicador”. En este libro se nos dan las claves para llegar a hablar y persuadir como él.

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Lo que hay que leer: Paper Picks

Inauguro nueva sección. He pensado que podría ser útil recoger los links de algunos de los artículos que me parecen más interesantes de los diarios internacionales. Os dejo la primera selección con lo que he ido leyendo estos últimos días. Espero que os gusten.

Sobre economía: Imprescindible el artículo que apareció ayer en el New York Times: “Don’t Tax the Rich. Tax Inequality Itself”. El profesor de Yale Ian Ayres y el de California, Berkeley, Aaron S. Edlin, explican porqué la desigualdad económica es un riesgo para la supervivencia democrática y proponen una media ingeniosa (un impuesto sobre desigualdad) para frenarla.  En el otro lado del espectro ideológico, el periodista del Washington Post Robert Samuelson nos propone una pregunta sugerente: de estar vivo hoy en día, ¿Keynes sería Keynesiano? En su artículo “Bye-bye Keynes?“, nos ofrece su particular respuesta.

Sobre Internacional: Brillantes la “obituary” que “The Guardian” le dedicó a Vaclav Havel. También muy interesante las reflexiones que este periódico hace sobre el futuro de Corea del Norte (“Can Kim Jong-un be North Korea’s Deng Xiaping?”)

Sobre la campaña estadounidense: Interesante el artículo del Washington Post sobre las (malas) relaciones de Newt Gringich con su propio partido.

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Lecturas políticas para no navideños

No soy de las que les gusta la Navidad. Me pone muy triste pensar en los que ya no están con nosotros y me enerva la obsesión consumista en la que se han tornado estas fiestas. Por eso, aparte de cumplir religiosamente con los obligados atracones de comida en familia, estos días navideños (si no estoy de viaje) los dedico simplemente a leer. De hecho, ya llevo unas semanas acumulando diligentemente obras para disfrutar en cuanto tenga la más mínima ocasión.

Os dejo mi lista personal de libros para estas Navidades:

“Lords of Finance: 1929, the Great Depression, and the Bankers Who Broke the World”, de Liaquat Ahamet.

La historia de cuatro hombres que dirigían los bancos centrales de sus respectivos países y cuyas acciones cambiaron el rumbo de la historia. Desafiando a todos aquellos que pensaban que el crack del 29 fue la consecuencia de hechos fortuitos que se escapaban del control de los gobiernos, Ahamet demuestra que sucedió todo lo contrario. Fueron decisiones erróneas de un puñado de hombres lo que desencadenó realmente la catástrofe y fueron, además, las medidas equivocadas que adoptaron los políticos para controlar sus consecuencias inmediatas lo que provocó la Gran Depresión. ¿Os suena familiar?

 

“Lincoln’s Sword: The Presidency and the Power of Words”, de Douglas Wilson.

Muchos de sus coetáneos lo menospreciaban como un hombre de provincias incapaz de sobrellevar el enorme peso de la Presidencia. Le reconocían astucia y habilidad política, desde luego, pero constantemente le reprochaban que no destacase por una oratoria sofisticada o por ideas sugerentes. Pero se equivocaron todos. Lincoln era un magnífico orador que dejó estupefacto a más de uno al comenzar a publicar una serie de artículos y pronunciar discursos que han pasado a la historia por su brillantez y solidez intelectual. El libro de Douglas Wilson examina cómo Lincoln empleó el poder de las palabras para construir su carrera y vencer a todos sus enemigos. En particular, se sumerge en cómo escribía, en el proceso metódico y disciplinado con el que el Presidente de los Estados Unidos sopesaba cada una de las palabras.

 

“American Dreamers: How the Left Changed a Nation”, por Michael Kazin.

Michael Kazin, además de professor de historia en la Universidad de Georgetown y de estar reconocido como uno de los más destacados académicos en el estudio de los movimientos sociales, es un destacado intelectual de izquierdas. Sus opciones ideológicas, sin embargo, no le han impedido escribir con maestría –y cierta simpatía- sobre personajes poco sospechosos de radicalismo político. De hecho, me encantó su libro “A Godly Hero: The Life of William Jennings Bryan” sobre el contendiente demócrata a la Casa Blanca más joven de la historia.

En “American Dreamers” (uno de las mejores obras publicadas en el 2011 según la revista “Newsweek”), el autor hace un recuento muy interesante de todos los movimientos de izquierdas de los Estados Unidos, comenzando con los abolicionistas de finales del siglo XIX hasta llegar a nuestros días. Aquí se explican las luces y las sombras de movimientos como el feminismo o el anarquismo y se analiza cómo, a pesar de que en Estados Unidos no ha llegado a cuajar un auténtico partido de izquierdas a la usanza europea, todos estos movimientos “de izquierdas” han influenciado la psique de los ciudadanos norteamericanos.  

“Thinking, Fast and Slow”, de Daniel Kahneman.

En el 2002, Daniel Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía. La concesión del galardón sorprendió a algunos, no en vano Kahneman no es economista de formación, sino psicólogo. Ahora bien, junto al brillante Amos Tversky, se ha encargado de desmontar durante décadas una de las principales premisas de la ciencia económica: que los individuos somos seres perfectamente racionales movidos por intereses previsibles y que adoptamos decisiones tras sopesar los pros y contras de determinadas cuestiones. Nada más lejos de la realidad, según Kahneman. En este libro cuenta cómo estamos muy lejos de la perfecta racionalidad y que las emociones juegan un papel más que destacado en la toma de decisiones. Algunos de los experimentos que detalla en “Thinking, Fast and Slow” son, cuando menos, sorprendentes.

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“It’s the economy (again), stupid!” y otras recetas de Bill Clinton para salir de la crisis

Su presidencia fue pasto de frecuentes escándalos, de crisis constantes, de altibajos continuos y más que sorprendentes sobresaltos. Pero más allá de los detalles sórdidos, confidencias escabrosas y “gossiping” de más que dudoso gusto, Bill Clinton fue un estadista de talla y un político de altura.

De acuerdo, su ambicioso plan para la reforma sanitaria fracasó, pero consiguió el mayor superávit presupuestario de la historia (y recordemos que había recibido el peor déficit que se recordaba hasta aquel momento), propició la menor tasa de desempleo en los últimos cuarenta años, el mayor crecimiento en los salarios reales en dos décadas, negoció 300 acuerdos comerciales con otros países (entre ellos, el NAFTA con Canadá y México) y, en general, sus políticas dieron pie a la mayor expansión económica que los Estados Unidos haya disfrutado jamás.

Prodigioso es quedarse corto. Y es que estoy segura de que, si no hubiese sido por el “impeachment” a raíz del affair Lewinsky, Clinton estaría ya en el panteón de los dioses encabezando la lista de los mejores Presidentes de los Estados Unidos. Pero la historia es así: no siempre concede coronas de laurel a los vencedores y otorga con cinismo el papel de villanos a algunos héroes.

Ahora bien, los verdaderos líderes no se amedrentan frente a tales eventualidades, no se resignan a quedarse postrados como meras comparsas a pesar de que su tiempo ha pasado y, por ello, no sucumben a la tentación cobarde de quedarse callados cuando las circunstancias se tornan críticas. Porque es precisamente en los momentos de mayor dificultad cuando les sale el brío y se agudiza su destreza.

Y destreza es, precisamente, lo que le sobra a Bill Clinton.

Esta semana publicaba un libro suculento y necesario: “Back to Work” (algo así como “de nuevo al trabajo”), donde no duda a poner a cada cual en su sitio (Obama incluído) y, lo que es más interesante, propone un listado de ideas para ayudar a sus conciudadanos. Porque, recordémoslo una vez más, el liderazgo (más allá de la imagen, de la oratoria y del sobreexplotado carisma) reside en algo más substancial y, por tanto, poderoso: renegar de los consejos cautos de los allegados, desafiar si se debe hasta a los propios compañeros y nunca dudar de que la política, en esencia, es poner en práctica algo tan denostado hoy como el sentido del deber hacia los demás. Así que Bill Clinton decidió salir de la mullida zona de confort como ex Presidente, arremangarse y pensar qué es lo que él podía hacer por su país. Y dio con ideas que, de ponerse en práctica, ayudarían sin duda a aliviar los estragos más aciagos de esta crisis virulenta que está durando demasiado:

  1. Adelgazar la burocracia y agilizar los procedimientos. En un discurso radiofónico de 1996, Clinton introdujo una frase que pronto se haría famosa: “The big government is over” (el gran gobierno ha finalizado). Dijo: “Tenemos que reinventar el gobierno para que haga más y nos cueste menos”. La acción pública debía de estar presente, no se podía dejar a los ciudadanos a su suerte, pero no se debía confundir Estado de Bienestar con una suerte de Estado Providencial omnipresente y todopoderoso. La responsabilidad individual, privada, se debía reivindicar y había que propiciar un mayor entendimiento entre lo público y lo privado. Al mismo tiempo, la burocracia debía disminuir, los procedimientos se debían agilizar y la acción pública se debía flexibilizar. Ahora Clinton vuelve con fuerza a esta idea y recomienda menguar trámites para realmente llevar políticas a la práctica y no dejarlas empantanadas en procedimientos arcaicos (y, en la mayor parte, absurdos) que pueden obstaculizarlas hasta varios años.
  2. Dar dinero a las start-ups. Idea muy interesante que Clinton recoge: “Si empiezas un negocio mañana, te podría conceder todos los recortes de impuestos del mundo, pero no te servirían de nada porque todavía no habrás ganado un penique”. ¿Por qué no transformar estas deducciones en su equivalente en dinero y dárselo a las empresas que empiezan? Es decir, porqué no otorgamos deducciones a las empresas que ya están en marcha y que deciden contratar a más gente pero subvencionamos a aquellas que empiezan.
  3. De la economía de la información a la economía verde. Apostar por las nuevas tecnologías funciona, por supuesto, pero el mismo ahínco que pusimos en la economía del conocimiento en los noventa los tenemos que poner ahora en desarrollar un nuevo modelo energético sostenible y crear una nueva economía verde. Un dato sorprendente que Clinton aporta: “antes de la crisis financiera, los cuatro países que realmente estaban en vías de cumplir sus compromisos establecidos en Kyoto estaban mucho mejor que Estados Unidos en términos de tasas de empleo, creación de empresas e igualdad social.
  4. Hacer nuestros edificios sostenibles para crear empleo. Si nos comprometiéramos de verdad con el medio ambiente, adaptaríamos nuestros edificios a los criterios de sostenibilidad: ahorraríamos energía, recortaríamos gastos y, encima, podríamos crear un millón de empleos tan sólo en los Estados Unidos.
  5. Formarse de verdad. Los programas de formación de trabajadores o de las personas que buscan empleo deben atender las necesidades reales del mercado y ofrecer, por tanto, conocimiento en áreas que realmente sean provechosas y que aporten de verdad un valor añadido a las personas.

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El lado más privado de JFK

Lo mío por el Presidente Kennedy, lo reconozco, es puro fetichismo. En la librería de mi casa ya casi no hay sitio para un libro más sobre él, sus colaboradores o sobre la época de Camelot. La última adquisición ha sido, por supuesto, el libro donde Jackie Kennedy desvela algunos datos claves sobre su esposo (algunos de ellos son suculentos, otros sorprendentes; los que más, directamente polémicos). El libro de Jackie ya tuvo un difícil encaje en uno de los estantes, pero ahora tendré que vérmelas para conseguir un hueco para otra obra singular: “Jack Kennedy: Elusive Hero” de Chris Matthews.

¿Puede otro libro aportar algo novedoso sobre el malogrado presidente? La respuesta es sí. Matthews, personaje clave de la televisión estadounidense y autor del más que recomendable “Hardball”, se sumerge aquí en la personalidad de Kennedy para demostrarnos su lado más taciturno. Podía ser el hombre con más presencia pública, pero su lado más íntimo (y no me refiero a su afición a las mujeres) pocas veces se había tratado de forma tan descarnada.

Aquí descubrimos las heridas interiores de un hombre que tuvo que hacer frente a su destino por imperativo familiar pero que hubiese preferido pasar sus días como profesor de Historia en Harvard o escribiendo libros. El hombre que vivía bajo la constante amenaza de una salud frágil y complicada que le condenó a la ingesta casi masiva de medicamentos. Un hombre que tenía carisma y recibió el cariño constante de mucha gente anónima, pero que se sentía desdichado y que tuvo una infancia para nada idílica.

Un libro más que interesante. Quizás no tan imprescindible como “JFK. An Unfinished Life” de Dallek, la brillante (quizás la mejor) biografía que se ha escrito sobre él. Pero igualmente recomendable.

Tendré que ir a comprarme otra estantería.

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La biografía de Steve Jobs: el hombre detrás del mito

Walter Isaacson tuvo el privilegio de ser el escogido para escribir una biografía autorizada de un mito en vida: el mismísimo Steve Jobs. Hoy, semanas después de la muerte del fundador de Apple, llega a nuestras librerías el ansiado libro. Y, la verdad, jugoso es quedarse corto.

Isaacson mantuvo 40 conversaciones con Jobs y se sumergió en el universo personal y en el cerebro privilegiado de un hombre sorprendente pero también rocambolesco. Las biografías post-mortem suelen ser elegías exageradas o panegíricos previsibles, pero aquí el autor se aleja de los piropos endulzados y nos presenta así una radiografía veraz donde las sombras del personaje –sus dudas, fobias, manías y sobre todo sus contradicciones- adquieren más protagonismo que los tópicos insulsos.

Porque Steve Jobs era un genio –eso es de sobra conocido- pero también un hombre complicado, de temperamento exaltado, que siempre creyó que estaba predestinado a pasar al olimpo de los escogidos. Y quizás esta creencia mesiánica de saber que llegaría a ser una leyenda fue lo que le impulsó a conquistar sus sueños.

Aquí hablan los amigos y también los enemigos; conocemos los éxitos y también los fracasos; aparece la filosofía zen y los episodios más escabrosos de su vida privada. Gritos a trabajadores, reuniones complicadas, broncas desorbitadas. Luces y sombras aderezadas con terminología “geek” y mucho “app” de por medio.

Una lectura totalmente imprescindible para conocer a un ídolo post-moderno para el cual la tecnología era una pasión y el diseño, una obsesión. Pero que en el camino para lograr sus metas dejó demasiadas cosas en la cuneta. Y a muchas personas en el olvido.

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Rubalcaba, a 1700 puntos

Una de las clases que más me gustaba impartir en la universidad era la de “marketing de servicios”. Explicaba porqué los programas de puntos (los sobreexplotados, sobredimensionados y sobrevalorados “loyalty schemes”) no funcionaban y porqué lo mejor era apostar por lo que en jerga de marketing se llama CRM (“Customer Relationship Management”). Tanta importancia daba al tema en cuestión que le dedicaba varias sesiones en el curso y, gracias a tanta insistencia, todos mis alumnos sabían de sobras que les caía una pregunta sobre el CRM en el examen final.

Ahora bien, más allá de manías personales y el regalo de puntos en la evaluación en cuestión (eso sí era pura fidelización), es importante dejar claro que, pese a la persistencia de muchas empresas y, sobre todo, pese a lo que digan muchos “marketing officers” anticuados, los programas de puntos no sirven para nada (a no ser que seas una compañía aérea, y ni tan siquiera eso).

American Airlines fue la primera compañía en introducir un “loyalty scheme” hace ya treinta años y su irrupción fue tan revolucionaria que enseguida prácticamente todas las compañías del mundo empezaron a diseñar sus propios programas de puntos. Hoy se utilizan hasta para comprar en el súper. Pero que estén implantados tan masivamente no significa necesariamente que funcionen.

Uno de los mayores expertos norteamericanos en “branding”, Marty Neumeir (ha diseñado estrategias de marca para iconos como Apple, Adobe, Netscape, Kodak o HP), escribió un libro totalmente recomendable titulado “Zag” donde establece las estrategias para crear marcas realmente exitosas. En uno de los capítulos, critica sin piedad a los “loyalty schems” alegando que:

  1. Sólo atraen a consumidores que ya son leales y que pagan lo que sea (o que ya hacen todo lo que les pidas)
  2. Hacen que los que no participen se sientan excluidos e incluso castigados, con lo que puedes generar un problema grave de reputación.
  3. La competencia comienza a decir que los introduces porque no tienes nada mejor que ofrecer o porque tu servicio o calidad es tan malo que sólo puedes vender tu producto ofreciendo esta clase de alicientes.
  4. Nunca ganas nada con ellos. De hecho, suelen hacerte perder dinero.

Insisto: no sirven para nada.

Rubalcaba ha debido aprender bien esta lección, pero de la forma menos pedagógica imaginable. Porque hoy Twitter le ha lanzado numerosas críticas a su “programa de puntos” y en diferentes medios de comunicación se recogen artículos sobre cómo su equipo está intentando conseguir adhesiones a cambio de una taza térmica o un bálsamo labial o un vaso termo o un polo de punto o una taza irrompible.

Lo que han hecho los de Rubalcaba es crear un sistema por el cual te inscribes como voluntario online y, a partir de ahí, vas acumulando puntos al colgar en Facebook o Twitter noticias y/o vídeos del candidato. Si consigues, por ejemplo, 1000 puntos te puedes llevar un polo de punto. El tema es que cada acción te da unos 2 puntos (4 si cuelgas un vídeo “destacado”), con lo que los esforzados voluntarios van a tener que sudar la gota gorda si quieren conseguir un triste bálsamo de labios (espero que, al menos, sea antialérgico) y ya no digamos una taza térmica (cuesta 1.700 puntos).

Seguro que tienen a gente que está dedicando mucho tiempo a colocar sus vídeos y noticias. Y no, no van a conseguir a nadie que realice un esfuerzo tan titánico por una simple  Moleskine (mucho menos por un taza de plástico) a no ser que sea un militante entusiasta. Así que, por favor, pasen ya del programita de puntos y denles ya el puñetero “Vaso Termo”. Que al menos actualicen el Twitter con un café calentito.

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